Vivat vivar ium
Vivan los viveros
criadero de reptiles), un paludarium (un ambiente mixto,
húmedo, con características de acuario y de terrario, ideal
para anfibios).
Al espacio donde se siembran y cuidan plantas para
llevarlas posteriormente al lugar en que se han de instalar
definitivamente se le dijo en español antes vivar { 1495)
que vivero (1739), y en otras lenguas se usaron y se siguen
usando términos como pépiniére, aplicado en Francia desde el
siglo XVI al establecimiento donde se propagaban árboles con
semilla ( pépin en francés) y luego a todo tipo de plantas;
o nursery ; tomado del francés antiguo norreture y este del latín
nutritia (alimento) y aplicado en Inglaterra primero al lugar
donde quedaban los niños al cuidado de una nodriza y desde
1560 también a un lugar dedicado a la propagación y cuidado
de plantas.
Pero los viveros, con ese u otros nombres según las lenguas
y las épocas, existieron en todo tiempo y lugar donde se
practicó el cultivo de especies vegetales, fuera con fines
alimenticios, medicinales, forestales u ornamentales. Y decir
«cultivo de plantas» significa que estas han sido seleccionadas
intencionalmente y que han sufrido una «domesticación»,
un proceso que, cuando se pretende llevar a cabo en sitios y
condiciones ambientales distintas de las del lugar donde la
especie crece naturalmente, implica un manejo especial de
adaptación: la aclimatación.
La historia de los viveros se remonta por lo tanto al
descubrimiento de la agricultura y se confunde con la historia
de las huertas y de los jardines. Y, desde siempre, las huertas
más productivas y los jardines más sofisticados, donde se
hallaban las plantas más apreciadas, fueron invariablemente
los palacios de los monarcas y las mansiones de las familias
más opulentas que confiaban a jardineros-cultivadores la
paciente tarea de cuidarlas y multiplicarlas.
Los viveros modernos, con su tipología diferenciada
según propósitos y escalas —productores o revendedores,
mayoristas o minoristas, generalistas o especializados— son
hijos de esos procesos históricos y sobre todo de la conmoción
que provoca en la relación humana con el mundo vegetal
la expansión colonial de Europa occidental por todos los
continentes a partir de la Era de los Descubrimientos.
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E n el mundo occidental, desde la
Antigüedad hasta el Renacimiento la
mayoría de las plantas que adornaban
los jardines de Europa eran las nativas, a las
que, con la expansión de los musulmanes por el Mediterráneo
(siglos Vil a XV), se fueron incorporando algunas plantas
bulbosas de Arabia y Asia Menor. Esa predominancia se
mantuvo hasta mediados del siglo XVI. La introducción
de especies exóticas que empezó con el descubrimiento
de América en 1492 cambió radicalmente el aspecto de
los jardines europeos en general, y de los de la región
mediterránea en primer lugar.
El tropel de aventureros navegantes y curas misioneros que
siguieron las huellas de Colón, Vasco da Gama, Magallanes y
Elcano llevaron a Europa pruebas de la existencia de una flora
tropical increíblemente rica, compuesta de cientos de plantas
extrañas. En menos de veinte años los europeos descubrieron
tantas plantas como el total de las que habían conocido a lo
largo de los dos mil años previos.
La Era de los Descubrimientos
(siglos XV-XVI)
Durante las primeras décadas de la Era
de los Descubrimientos, la mayoría de las
expediciones hacia el Nuevo Mundo partía
de la costa occidental de Andalucía. Sevilla,
con la creación de la Casa de Contratación^, se convirtió
en el eje obligatorio del comercio con los recién creados
virreinatos. Muchas de las nuevas especies descubiertas se
introdujeron en Europa a través de Sevilla y fue en los campos
de sus alrededores donde se hicieron los primeros intentos
de aclimatación y cultivo de plantas americanas. El iniciador
de tales experimentos fue Hernando Colón, hijo natural de
Cristóbal, en cuyo vivero se cultivaron cientos de plantas
provenientes de América, que luego los mercaderes vendían
por todos los reinos de Europa.
( * } Creada por los Reyes Católicos en 1503 para administrar y controlar
el tráfico con las Indias. Nadie podía ir al Nuevo Mundo ni fletar ninguna
mercancía con ese destino sin pasar por la Casa de Contratación de
Sevilla; y toda mercancía procedente de las Indias debía pasar por su
control y pagar allí el impuesto del 20 % de su valor a la Corona.
icaimsjititim-
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Planisferio de Alberto Cantino (1502), el mapa más antiguo existente que muestra las expediciones de Colón al Caribe, de Corte Real a Terranova,
de Vasco da Gama a la India y de Cabral a Brasil. Se señala también la línea del Tratado de Tordesillas. Biblioteca Estense, Módena, Italia
Plantas americanas llevadas a Europa en la Era de los Descubrimientos
El repertorio de plantas conocidas en Europa creció aceleradamente con los exploradores-conquistadores en
los siglos XV y XVI, que llevaron a Europa las primeras plantas exóticas provenientes de los otros continentes.
A modo de ejemplo, esta es una lista de especies introducidas en Sicilia.
Achira
Canna indica
Copete
Tagetes patula
Palma chilena
Jubaea chilensis
Ají
Capsicum annuum
Dondiego de noche
Mirabilis jalapa
Palo borracho
Chorisia insigáis
Anacahuita
Schinus molle
Girasol
Helianthus annuus
Palo borracho
Chorisia speciosa
Ananá
Ananas comosus
Guayabo del país
Acca sellowiana
Palta
Persea americana
Araucaria
Araucaria araucana
Guayubirá
Patagonula americana
Papa
Solanum tuberosum
Barba de chivo
Caesalpinia gilliesii
Jacarandá
Jacaranda ovalifolia
Pindó
Arecastrum romanzoffianum
Butiá
Butia capitata
Maní
Arachis hypogaea
Pita
Agave americana
Castaña de cajú
Anacardium occidentale
Mburucuyá
Passiflora edulis
Sisal
Agave sisalana
Ceibo
Erythrina crista-galli
Nardo
Polianthes tuberosa
Tabaco
Nicotiana tabacum
Ciña ciña
Parkinsonia aculeata
Ombú
Phytolacca dioica
Taco de reina
Tropaeolum majus
6 • Entre Jardines n° 3
C omo era de esperar, el
interés por cultivar las nuevas
especies se propagó a otros
puntos de Europa. Las primeras
experiencias exitosas de aclimatación fuera de España se dan en
la campiña de las grandes ciudades-estado del norte y centro de
Italia: Florencia, Venecia, Pisa, Milán y los Estados Pontificios.
Los banqueros y comerciantes italianos enriquecidos con los
fletes, los seguros, los préstamos usureros y el
trasiego de mercancías a bordo de los veleros
que se aventuraban a cruzar los océanos no
podían dejar de explorar el valor potencial de
las nuevas plantas. Estos mecenas astutos
impulsaron la creación de las primeras
cátedras de enseñanza de la botánica en las
universidades y de los primeros orti botanici en
sus predios: en Padua, Pisa y Florencia entre
1543 y 1545; en Pavía, Bolonia y otras ciudades
un poco después. Luego otras universidades
de Europa seguirían el ejemplo: Leipzig y
Heidelberg en Alemania, Cassel y Montpellier
en Francia fueron de las primeras que crearon
sus propias cátedras de botánica con sus
respectivos jardines de experimentación.
Estas instalaciones, que no eran otra cosa
que viveros subvencionados, se distinguían de los
jardines ornamentales por sus fines y por la forma
de disponer las plantas, más funcional y didáctica
que decorativa, pues su propósito era experimentar, producir y
enseñar: un espacio cuadrado bordeado por un muro también
cuadrado o circular, dividido en cuatro partes por dos avenidas
perpendiculares orientadas según los puntos cardinales. Cada
cuarto estaba fraccionado en pequeñas secciones donde se
disponían las plantas de acuerdo
a su procedencia: las de Oriente
en la parte este, las meridionales
en el sector sur, etc. Interesaba
por supuesto investigar las
propiedades medicinales de
las nuevas especies (la lepra, la
sífilis y otras enfermedades que
habían causado estragos en la
Edad Media seguían castigando
a la población) pero también
sus posibles usos culinarios y
ornamentales. Los jardineros
de los Medici plantaron ananá
en Florencia, pero también
achiras {Carina indica) y
campanillas {Ipomoea sp.).
El papa Clemente Vil (un Medici
él también) introdujo en Roma el cultivo de porotos americanos
tras recibir una bolsa de semillas que le regaló un cura de la corte
española. De las huertas del Vaticano el cultivo se extiende a
todos los Estados Pontificios y en poco tiempo los fagioli se
incorporan a la dieta popular. En cambio los tomates— pequeños
y amarillos como ciertos venenos— y los ajíes —tan picantes-
pasan primero por un proceso de domesticación hasta que se
logran variedades con aspecto y sabor al gusto de un público
inicialmente reacio o desconfiado.
En el siglo XVII la pasión por
las plantas exóticas hace furor
acompañando la moda de los
grandes jardines de placer en las
mansiones de ricos propietarios de Holanda, Bélgica, Alemania,
Inglaterra y Francia, pues tener un jardín lleno de especies raras
—medicinales, ornamentales y para el consumo— pasó a ser la
marca visible del poder.
Inspirados en los orti botanici italianos, el
trazado del jardín y las construcciones debían
forman una unidad donde reinara el orden
y la armonía. Al mismo tiempo, apelando
a diferentes medios físicos, se intentó
reproducir los ambientes naturales exóticos
para cultivar allí las plantas más diversas
y exigentes, traídas de todos los confines:
geranios, dalias, higos, café, bananas,
tabaco, jazmines, hortensias, y variedad de
palmeras, suculentas y cactáceas.
Cuando se construyó el palacio de Versalles
y su parque (1661-1686), muchos campesinos
de los alrededores se convirtieron en
proveedores de frutas frescas y hortalizas
selectas para las cocinas del palacio y de
plantas ornamentales para los jardines,
creando sus propios viveros y huertas que se
sumaron a las instalaciones dentro del predio
del castillo: el Potager du Roi (la huerta) y la
Orangerie (el invernadero). Si bien los invernáculos se conocían
desde la Antigüedad, los avances técnicos en la manufactura
del vidrio durante el Renacimiento habían permitido fabricar
paneles de este material para cubrir sus techos y agrandar
considerablemente sus estructuras. Así nacieron los limonaia en
Italia, adonde se guardaban los
cítricos durante el invierno y se
cultivaban frutas y hortalizas
fuera de estación. En Versalles
la enorme Orangerie se
construyó entre 1684 y
1686; se compone de una
galería central abovedada de
150 metros de largo, con altas
ventanas y grandes puertas,
más dos galerías a los lados.
En su interior podía albergar
tres mil naranjos, palmeras
datileras, granados y otros
frutales.
Pero lo que funcionaba
para los inviernos de Italia no
bastaba para las temperaturas
más frías de Francia, así que había que calentar la Orangerie con
grandes braseros de carbón. El sistema era tan poco práctico
que las plantas terminaban negras de hollín y medio muertas al
llegar la primavera.
Pese a estos y otros percances (y también gracias a ellos) los
jardines de aclimatación de los siglos XVI y XVII, con su doble
función decorativa y experimental, contribuyeron al avance de
la ciencia botánica y promovieron nuevas modas en el diseño
paisajístico de los espacios públicos y privados.
Las rarezas en el jardín y en la mesa
(siglo XVII)
Detalle del cuadro Mangiafagioli
(hombre comiendo porotos)
de Annibale Carracci (1583)
Orangerie del palacio de Versalles. Sin datos de autor
Entre Jardines n° 3 • 7
E n el siglo XVIII la avidez por conocer
la flora de los territorios lejanos y
ampliar el repertorio de plantas con
valor comercial da impulso a la contratación
de naturalistas botánicos para participar en
las expediciones «científicas» patrocinadas
por los gobiernos de las potencias dominantes, que compiten
unas con otras por llegar primero a territorios inexplorados,
conocer su geografía, perfeccionar la cartografía y, en lo
posible, instalar enclaves
con la doble función de
proporcionar puertos
de escala para las naves
compatriotas y servir como
base de operaciones para la
extracción y acopio de los
recursos naturales de tierra
adentro.
En el imaginario europeo,
la naturaleza tropical era
refractaria a la investigación.
Explorarla era develar lo
que se presentaba como
algo oscuro y misterioso.
«La Naturaleza, admirable
y fecunda, escamotea sus maravillas al punto de que parece
que lo hiciera a propósito», dice un explorador del África
ecuatorial. «Los viajes de exploración son guerras que se libran
contra la Naturaleza para arrancarle sus secretos", afirma otro
explorador de la Amazonia.
Pero las guerras que en verdad se libraban sin metáfora y
sin cuartel no eran contra la misteriosa Naturaleza, sino entre
las potencias de la época, que desplegaban encarnizados
esfuerzos por imponer o
arrebatarse las unas a las
otras el control del comercio
de ultramar. Un ejemplo
típico es el desplazamiento
de los portugueses por la
Compañía Holandesa de
Indias, que se instaló en
las islas Molucas en 1599 y
mantuvo bajo su control el
negocio de las especias —en
particular de la nuez moscada
y el clavo de olor ( * } — hasta el
siglo XIX.
En el último cuarto del
siglo XVIII la lucha por las
fuentes de abastecimiento
de especies exóticas y sus
derivados (café, azúcar, cacao,
especias) vuelve apremiante
la necesidad de contar con
más formas de obtenerlas. Empiezan entonces los intentos de
transformar los enclaves extractivos en dominios coloniales
con plantaciones propias, que permitan quebrar los respectivos
monopolios de la «Compañía de Indias» del Estado rival.
Así, cuando los colonos holandeses, británicos, franceses
y belgas empiezan a ocupar los territorios conquistados en
África, Asia, América y Oceanía, aparecen los
llamados jardines experimentales— espejo de
los jardines de aclimatación que ya existían en
las metrópolis— adonde se llevan plantas de la
selva local pero también de otras colonias para
aclimatar in situ las especies más apreciadas.
De Costa de Marfil a las Antillas, de Mozambique a Porto
Novo, en Guinea, en Ceilán, en Indonesia se instalan estos
viveros coloniales donde se experimenta con especies vegetales
de todos los continentes. El
desafío económico que pesa
sobre estos establecimientos
es inmenso. Plantas y semillas
se intercambian entre sus
administradores para probar
un abanico lo más variado
posible de especies en cuanto
a usos, requisitos para el
cultivo y rendimiento.
Robar semillas del
territorio bajo el dominio
de una potencia rival,
transportarlas a una colonia
propia y aclimatarlas en un
jardín experimental a fin de
desarrollar su cultivo se convierte en un asunto de Estado y
da lugar a enfrentamientos armados, acciones de piratería,
espionaje y contrabando. Y también da un impulso decisivo a
la investigación en botánica y a la formación en horticultura,
porque tan indispensable como obtener las semillas es saber
cultivarlas. El Potager du Roi del palacio de Versalles se convierte
en institución de enseñanza desde fines del siglo XVIII; con
variaciones en su nombre y atravesando por distintos regímenes
políticos y administrativos se
mantiene hasta el presente y
es la actual École Nationale
Supérieure du Paysage. Kew
Gardens, en Londres, es el
centro de referencia británico
en materia de enseñanza,
investigación y aclimatación.
En sus instalaciones fue
donde se logró propagar
por primera vez fuera de
Sudamérica el árbol del
caucho ( Hevea brasiliensis) y
la quina ( Cinchona officinalis),
planta de la cual se obtiene la
quinina sin la cual los europeos
no hubieran podido enviar
colonos y ejércitos a territorios
de África y Asia afectados por
la malaria.
( * } Aunque hoy se le dice especias a muchas herbáceas aromáticas que
se utilizan como condimentos, originalmente el término aludía a las
semillas o cortezas de ciertas plantas originarias del Extremo Oriente y
en especial de las Islas de las Especias (Molucas), que se usaban no solo
como condimento sino en preparados medicinales.
De botánicos exploradores
a colonos viveristas
(siglos XVIII y XIX)
Juego de ajedrez de la Compañía Británica de las Indias Orientales, 1840.
Era una verdadera partida de ajedrez botánica la que se jugaba entre las
redes de viveros metropolitanos y coloniales de las grandes potencias a
escala planetaria. Foto: Tim Crumiller
8 • Entre Jardines n° 3
D esde la Era de los Descubrimientos
los exploradores y comerciantes que
pretendían hacer llegar a Europa
muestras de las plantas que encontraban
tenían que contentarse con transportar
semillas o raíces secas, que no siempre
prosperaban en destino. Las plantas vivas
que se transportaban en barriles sobre la
cubierta de los barcos casi siempre morían
durante la travesía a causa del viento, el
aire salado y la falta de agua dulce. Desde
1833, un invento del naturalista británico
Nathaniel Ward (1791-1868) permitió
resolver el problema. Buscando proteger
los heléchos de su jardín del humo industrial
y las lluvias ácidas del cielo londinense,
había colocado algunos ejemplares dentro
de frascos de vidrio y al tiempo observó
que se mantenían en buen estado incluso
con poca tierra, y que las esporas que
caían en el interior de los receptáculos
también se desarrollaban
perfectamente. Se le
ocurrió entonces probar
la utilidad de su hallazgo
enviando dos cajas de
vidrio conteniendo
heléchos desde Londres
a Sidney, un viaje que
insumía varios meses.
Las plantas llegaron
bien y al regreso se
usaron los recipientes
para transportar plantas
endémicas de Australia que
nunca antes se habían visto
en Inglaterra.
Las cajas de Ward
funcionaban como
invernáculos portátiles de
pequeñas dimensiones:
mantenían la humedad
constante gracias a la condensación del agua
en las paredes de vidrio y permitían que las
plantas recibieran luz del sol protegidas del
viento y del salitre. En ellas los jardineros
botánicos de Kew pudieron enviar a las
colonias británicas seis veces más plantas
entre 1832 y 1847 que a lo largo de los
cien años previos, revolucionando el mapa
agrícola colonial. En 1876, luego de lograr la
germinación de semillas traídas de Brasil en
los invernáculos de la institución, enviaron
plantas de Hevea brasiliensis a Ceilán (hoy
Sri Lanka) y Malasia, dando comienzo
a la producción de caucho; treinta años
después las plantaciones del sudeste asiático
reemplazarían la producción de las selvas
brasileñas.
Fue también en cajas de Ward que en 1848
el cazador de plantas y miembro de la Royal
Horticultural Society of London Robert
Fortune envió clandestinamente veinte mil
plantas de té Camellia sinensis de Shangai
(China) a la región de Darjeeling en la India.
La explotación comercial empezó en 1850 y
pronto el té que se producía allí se convirtió en
un favorito de los aficionados a la infusión.
Simultáneamente, la máquina de vapor que
el escocés James Watt perfeccionó a fines del
siglo XVIII y que, gracias a su aplicación en las
manufacturas, proveyó la base tecnológica
de la primera Revolución Industrial también
permitió liberar la navegación de la tiranía del
viento y las corrientes favorables. Los barcos
a vapor marcaron un avance decisivo en la
conquista de las rutas marítimas y, junto con
la caja de Ward, alentaron la instalación de
viveros coloniales por todos los continentes.
Hacia 1900, cada uno de los territorios de
ultramar franceses,
británicos, holandeses
y belgas contaba con un
jardín experimental, que
en conjunto formaban
redes coordinadas y
controladas por los
jardines botánicos de las
respectivas metrópolis y
empleaban a cientos de
botánicos cultivadores.
Nunca antes se había
dado una puesta en
movimiento de tanto
vegetal vivo y de manera
tan organizada. Los
jardines experimentales
de las colonias y los
de aclimatación de las
metrópolis aumentaron
decisivamente la
utilización en Europa de plantas ornamentales
americanas, africanas y asiáticas, muchas
de las cuales con el transcurso del tiempo se
convirtieron en especies tan comunes en los
jardines y en la gastronomía de las metrópolis,
que relegaron a muchas especies nativas a un
papel secundario.
Al tiempo que en los trópicos se iba
transformando la distribución continental de
cultivos como el cacao, el algodón, el café, el
maíz, la caña de azúcar, la canela o la vainilla,
en Europa florecían los tulipanes de Asia
Menor, la santa rita de Brasil, los jazmines de
Oriente, la camelia de Filipinas, la magnolia
de Virginia, y se adornaban los otoños con el
liquidámbar de California, el olmo del Cáucaso,
el gingko de la China y el arce del Japón.
Watt y Ward
Caja de Ward, siglo XIX
Buque a vapor en el puerto de El Havre
Los «jardines embotellados» de hoy se
inspiran en la caja de Ward.
Entre Jardines n° 3 • 9
L as tareas y la relación con la naturaleza
en el jardín experimental propician una
mentalidad opuesta a la del naturalista
explorador del siglo XVII y buena parte del
XVIII. El explorador estaba de paso, todo su saber y su energía
consagrados a hacer frente a las adversidades geográficas y
climáticas. Sus excursiones eran en general breves, sujetas
a plazos y condiciones que no podía controlar libremente.
Los botánicos que se instalan en los viveros de ultramar, en
cambio, ya no son aventureros exploradores, sino jardineros
horticultores previamente formados en los
jardines de aclimatación de las metrópolis.
Van preparados para ocuparse de procesos
de larga duración, desde la semilla hasta
la planta madura, en lugares diseñados y
construidos para someter la naturaleza a
experimentación sin exponerse a los riesgos
físicos y emocionales que acechaban a todo
aquel que se internara en la apabullante
exuberancia de la selva.
Pero la diferencia no se agota allí. Los
viveros coloniales, surcados por avenidas
cuidadosamente trazadas que distribuyen
el espacio con una lógica precisa, cumplen
una función simbólica: demostrar la
superioridad del hombre blanco, capaz de
transformar el entorno y de «civilizar» la
naturaleza tropical. Expresan la voluntad de
crear un mundo productivo bien ordenado
y más eficiente que el de los nativos, que
se contentan meramente con cultivar
una extensión de terreno suficiente para
obtener su alimento. Para quienes llegan
con la idea de que la naturaleza no es
más que un simple reservorio de recursos
exportables, la agricultura local es vista
como carente, con lagunas que hay que
colmar. «El negro no sabe y es incapaz de
valorar su propio entorno», escribe en 1898
Paul Teissonnier, egresado de la Escuela
Nacional de Horticultura de Versalles
y encargado del vivero de la Guinea
Francesa. Así piensa el europeo colonizador
promedio, que se atribuye generosamente
la misión de develar y explotar esos
recursos que los nativos no saben apreciar.
A leguas de distancia, circulan en las
tertulias sociales y en la prensa se pueden
leer opiniones como esta: «La lujuriante
naturaleza de los trópicos prodiga la riqueza; de ese suelo
en perpetua fermentación transpiran naturalmente los
productos. Todo se ofrece generosamente; basta con saber
tomar...». Pero la experiencia sobre el terreno desmiente esa
romántica simplificación. Aplicando una sencilla regla de tres
sobre el rendimiento de los cultivos que había ensayado a la
pequeña escala de su jardín experimental, el responsable del
establecimiento pronostica el rendimiento de una plantación
de bananas en 120 toneladas por hectárea. La realidad resultó
diez veces menor. Los suelos eran fértiles, sí, pero muy
vulnerables y ciertos cultivos agotaban los
nutrientes a un ritmo inesperado; el algodón
no soportaba el exceso de humedad de
una estación de lluvia muy prolongada; las
plantas jóvenes de cacaotero no sobrevivían si no era con tres
riegos semanales y protegidas del sol demasiado ardiente en
la estación seca... En suma, los métodos y cuidados válidos
a la escala de un vivero de una decena de hectáreas, donde a
cada planta se le podía prodigar una atención cotidiana casi
individual, no eran trasladables sin más a la extensa superficie
de las plantaciones.
Pero si los jardines experimentales
«fracasan» al chocar con los límites
naturales de la aclimatación a gran
escala, en cambio resultan eficaces y
hasta indispensables cuando se trata
de acomodar el universo vegetal de las
ciudades coloniales, en las que están
instalados cientos o miles de europeos, al
modelo idealizado de lo que debe ser el
paisaje urbano colonial: tropical, sí, pero
bien ordenado y prolijito. Y, en lo posible,
embellecido con un toque europeo. Es
que los colonos, transplantados de su
terruño, tampoco se aclimatan fácilmente.
Así como conservan fielmente su ajuar y
sus costumbres, poco tiempo después de
su llegada y tras un momento inicial de
novelería empiezan a añorar las verduras
y las frutas de su tierra, los perfumes, las
flores y los colores de su paisaje natal. Los
viveros coloniales se esfuerzan entonces por
cultivar hortalizas europeas para el consumo,
aclimatar rosas, geranios, claveles, dalias
y otras plantas elegantes y perfumadas
para los jardines, y proporcionar árboles
de sombra para plantar en las avenidas
alineaciones similares a las de las metrópolis.
La ciudad colonial tiene que resultarle
familiartambién a los que están de paso.
Los comerciantes en viaje de negocios,
los funcionarios que pasan de un puesto a
otro, el experto en misión deben encontrar
rápidamente sus puntos de referencia: un
trazado en damero, una estación de tren, una
oficina de correos, laureles en flor, avenidas
arboladas y cocoteros al borde de la playa.
La práctica de la jardinería se incorpora
al modo de vida colonial como un deporte
más. En las misiones religiosas, en los destacamentos
militares, en las casas de los comerciantes y en las mansiones
de los funcionarios los colonos jardineros juegan al croquet y
ponen a prueba su habilidad compitiendo por la variedad y el
refinamiento de sus plantas, entre las cuales poco lugar hay
para las especies locales. Así se va construyendo una imagen
del universo colonial uniforme y cosmopolita, forjada primero
en el recinto de los viveros coloniales y reproducida por todos
lados gracias a la red de intercambio entre establecimientos
que encuentran nuevas razones de ser y de hacer.
Una cosa es descubrir,
otra es domesticar
Jardín d'essai, St. Fierre, Martinica
10 • Entre Jardines n° 3
El trasiego de plantas a través de las redes
de jardines de aclimatación de las metrópolis
y jardines experimentales de las colonias
trastornó profundamente el mapa agrícola
y botánico del espacio intertropical, con costos ambientales y
humanos muy altos.
Siguiendo un razonamiento simplista de tipo «si esto crece
aquí, crecerá también allá», apenas el transporte marítimo
dejó de ser un obstáculo los europeos se lanzaron a diseminar
los cultivos. El material vegetal no solo viaja de un lugar a otro
sino que es cruzado, seleccionado o desechado con el fin de
obtener nuevas variedades, más bellas o más productivas.
El siglo XIX es el siglo de la creación varietal.
En el afán de «contribuir a la expansión del comercio y la
riqueza de la nación» cueste lo que cueste, los colonos mandan
desmalezar donde les parece y arrasan con la flora nativa para
imponer floras que, por más tropicales que fuesen, no dejan de
ser exóticas y cuyo cultivo en muchos casos obliga a cambiar
el suelo, a regar permanentemente en épocas de sequía, y
a combatir las pestes y enfermedades que de la noche a la
mañana pueden arruinar una cosecha.
Así, practicada con los métodos y mentalidad del país
colonizador, sin suficientes conocimientos de las plantas y
de su medio de origen, ni de las aptitudes y condiciones del
nuevo lugar de plantación elegido (ni hablar de los peligros
de orden fitosanitario, que se pasaban por alto alegremente),
la agricultura «civilizadora» provocó, en muchos casos, la
destrucción de recursos naturales de manera irreversible, y
contribuyó además a la introducción de plantas invasoras.
La domesticación y la aclimatación son actos complejos que
conjugan el conocimiento del vegetal junto con el de los sutiles
equilibrios ecológicos del medio donde crece y del medio
adonde se lo introduce —conocimientos
que se adquieren y decantan con una
experiencia sostenida a lo largo del
tiempo—. Por eso, los primeros «viveristas»
son siempre, de hecho, los cultivadores aborígenes de cada
lugar, aunque en la mayoría de los casos la labor original
de domesticación y aclimatación se pierde entre el mito y
la memoria, subsumida en el culto a una divinidad o en la
veneración de una «herencia ancestral». Pero no se puede
negar que, gracias a prácticas tradicionales transmitidas de
generación en generación en América, África y Oceanía mucho
antes de la llegada de los europeos, estos pudieron encontrar
decenas (en verdad, cientos) de especies alimenticias y
ornamentales ya domesticadas que adoptaron y adaptaron de
acuerdo con sus propios fines, dejando en la sombra muchos
conocimientos y hallazgos de los cultivadores locales, que no
advirtieron o que menospreciaron porque no se prestaban
directamente a sus intereses inmediatos.
En las primeras décadas del siglo XX los numerosos fracasos
y la paulatina comprensión de la biogeografía de las colonias
conducen a replantear las funciones y la utilidad de los
jardines experimentales. Las estaciones agrarias de grandes
dimensiones empiezan a reemplazar a los viveros coloniales
como lugares de experimentación directa, en condiciones
que se asemejan todo lo posible a las de la plantación real. Se
instalan lejos de los centros urbanos y cada una se especializa
en solo uno o dos cultivos.
En las metrópolis la mayoría de los jardines de aclimatación,
convertidos en nombre y en función enjardines botánicos,
se mantienen como centros destinados a la enseñanza de la
botánica y a la conservación de la biodiversidad, y también
funcionan como parques públicos.
Vivarium
lugar de vida
Real Jardín Botánico de Kew, Londres. Ocupa 120 hectáreas y posee una colección
de más de 50.000 especies vegetales vivas. Su herbario, con 7 millones de muestras,
es uno de los más grandes del mundo. Foto: Lucy Brown
Entre Jardines n° 3 • 11
La introducción y aclimatación de
especies en Uruguay
M uchas de las plantas comestibles y ornamentales que
hoy nos resultan familiares llegaron a nuestro país
con los fundadores de Montevideo.
Ya desde los primeros tiempos de la conquista los españoles
habían ido trayendo a América productos de consumo a
los que estaban acostumbrados: trigo, aceite, ganado, vid,
porque sus paladares no aceptaban fácilmente los alimentos
que cultivaban los nativos (maíz, papa, boniato, mandioca,
porotos, palta, quinoa...), pero que a ellos les parecían
insípidos. El arzobispo de México pedía que se trajeran
cosas de España para evitar que los españoles estuvieran
«piando por Castilla». Y
por supuesto, la tarea
evangelizadora tampoco
era concebible sin pan y
sin vino. De modo que
importaron semillas,
plantas medicinales y aun
flores para reconstruir en
todas partes su paisaje
nativo, proyectando
sobre el Nuevo Mundo
el sistema de vida que
conocían y añoraban.
El Uruguay colonial no
fue una excepción y las
primeras experiencias de
aclimatación de especies
importadas fueron, por lo tanto, las chácaras. En 1727, recién
fundada Montevideo, se produce un primer reparto de tierras
sobre el arroyo Miguelete, junto con la entrega de semillas,
herramientas y ganado. Con esta iniciativa la corona española
buscaba asegurar la provisión de alimentos a la plaza fuerte
y fomentar el afincamiento de colonos. Año tras año otras
chacras se fueron agregando y algunas dividiendo, de modo
que su número fue aumentando y hacia 1760 ya se contaban
más de cien, separadas entre sí por zanjas plantadas con
ágaves. Así en pocas décadas el cultivo de hortalizas, cereales
y frutales sumado al de algunas flores y árboles ornamentales
fue transformando el paisaje rural de los alrededores de
Montevideo y relegando la flora nativa a la orilla de los arroyos.
Un ejemplo conocido es la chacra de Dámaso Antonio
Larrañaga, donde se dice que este había logrado aclimatar
personalmente y cultivar decenas de álamos, laureles,
acacias, moreras, olivos, nogales y pinos, además de
naranjos, perales, durazneros, higueras, guindos y viñas.
En el siglo XIX las chacras fueron cambiando de dueño
y también se fueron fraccionando. Durante la Guerra
Grande (1839-1852), varias familias partidarias de Oribe
dejaron la ciudad sitiada para instalarse en sus chacras
y, una vez levantado el sitio, algunas las convirtieron en
residencias permanentes, otras en refugios veraniegos.
El ejemplo fue imitado
por inmigrantes
europeos de reciente
fortuna (como José
de Büschental) o
gobernantes amantes
de la ostentación (como
Máximo Santos) y las
antiguas chacras dieron
paso a las quintas,
con sus mansiones y
parques enjardinados
para los que se
introdujeron gran
número de especies
exóticas.
Aquí, al igual que en
las colonias europeas de América, África y Asia en la misma
época, hacían falta técnicos capaces de llevar a cabo los
delicados procesos de aclimatación que se requería: hubo que
ir a buscarlos a Europa, o convencer de quedarse a alguno que
estaba de paso. Fueron los viveristas pioneros, y su trabajo
se volcó a grandes obras privadas o al enjardinado de los
primeros parques públicos.
Los viveros-empresas semejantes a los que conocemos
hoy van apareciendo con la llegada masiva de inmigrantes
europeos a finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX,
y japoneses en la década de 1940, que instalaron sus
establecimientos en la periferia de Montevideo y de varias
capitales departamentales.
Una postal del Arroyo Miguelete cien años atrás
Arroyo Miguelete desde el puente sobre la calle Uruguayana en la actualidad
12 • Entre Jardines n° 3
Los pioneros
Pierre-Antoine Margat (1806-1895)
Hijo de una familia de horticultores de Versalles, se formó en
la por entonces ya famosa Escuela Nacional de Horticultura
que funcionaba en el parque del castillo. Interesado en
conocer la flora de Chile, se embarcó en 1838 con ese destino.
El barco hizo escala en Montevideo, donde Margat conoció
a un vecino acaudalado —cuyo nombre se desconoce— que
le ofreció quedarse a vivir y a trabajar en su quinta. A poco
de establecido, se casó con una mujer uruguaya y fundó su
Establecimiento de Horticultura y de Aclimatación en la zona
del Cordón.
En 1858 adquirió un gran solar en Burgués 3208 (hoy
dependencia del Ministerio de Ganadería, Agricultura y
Pesca), adonde trasladó el próspero vivero, muy reputado
por su colección de camelias y otros arbustos con flores que
fueron a adornar los jardines privados y también los espacios
verdes públicos diseñados por su compatriota Charles Racine.
Murió en Montevideo a los 89 años.
A medida que
avanzaba el siglo
XIX la utilización
del vidrio en la
construcción
adquirió vuelo,
primero en Europa y
luego en los países
bajo su influencia.
Se empezaron a
construir los primeros
invernaderos
completamente
vidriados y surgió
la moda de agregar
estas estructuras
al jardín de toda
residencia de
prestigio. Un
invernadero de esa
época que puede
verse todavía hoy en
Montevideo es el de
la quinta de Máximo
Santos en avenida de
las Instrucciones.
Foto: Emilio Bianchi
Zaffaroni
Thomas Tomkinson Peake
Nacido en Alemania de padres ingleses, llegó a Uruguay
en 1828, con 24 años y sin dinero. Consiguió un modesto
empleo en una empresa importadora británica de la que al
tiempo se convirtió en socio y luego en dueño. Hizo fortuna
desplegando sus negocios en todas las ramas lucrativas de
la actividad económica de la época: la banca, los saladeros,
el comercio de importación y exportación, el ferrocarril, el
gas, y también la publicidad y la cría de caballos de carrera.
Entre 1839 y 1853 fue comprando en la zona de Rincón
del Cerro varias de las fracciones de tierra en que se había
dividido la antigua estancia del Rincón del Rey, y empezó a
importar y cultivar especies exóticas forestales: magnolias,
cedros, cipreses, araucarias, olmos, robles y, particularmente,
eucaliptos para fabricar con su madera los durmientes de
las vías férreas, y plátanos para plantar en las avenidas de la
ciudad. También cultivó variedad de frutales y en este rubro
su vivero se destacó por la calidad de los duraznos Pavía, que
se exportaban con gran éxito a Buenos Aires. En ese predio,
que llevaba el sugestivo nombre de «La Selva», hizo construir
también su casa de descanso, donde murió en 1879.
Algunos de sus herederos continuaron el negocio durante
varias décadas, salvo
una fracción de quince
hectáreas que fue
donada a la intendencia
de Montevideo para el
futuro parque público
que llevaría su nombre.
Cuando en 1933 se
decidió el remate de la
propiedad, las tierras se
dividieron en fracciones
de grandes dimensiones
con la idea de que
los compradores no
talaran las plantaciones
forestales.
Se dice que en vida de
Tomkinson un capataz
de La Selva le entregó
plantines de eucaliptos a
José de Büschental, para
plantarlos en el parque
del Buen Retiro, su casa
quinta sobre el arroyo
Miguelete. Era una de las
especies exóticas más
codiciadas del momento
y Büschental no la tenía.
Entre Jardines n° 3 • 13